Me mudé. Y mudarme me costó sangre, sudor y lágrimas. Lágrimas por la movida, por el cansancio, por el esfuerzo y las horas sin dormir, por la emoción, porque me mudo a otra ciudad. Sudor porque me mudé en enero, un enero de calor, sin aire acondicionado y sin ventilador de techo (los últimos dos días ya estaban desarmados y en una caja). Sangre porque mis ciclos femeninos son tan, pero tan oportunos, que ‘me vino’ un día antes de cargar el camión.
Tengo algunas imágenes que no quiero olvidar….
Cajas y cajas… que durante varios días salimos a ‘cartonear’ por el barrio. Teníamos más de 90 cajas chicas, medianas y grandes apiladas en el living y en el dormitorio. Un caos de cosas embaladas entre las que apenas se podía circular.
Cansancio que no deja ni pensar. Tanto así que la última noche me metí a la ducha con el corpiño puesto. :S
El camión repleto de cosas y lo último que se cargó: la bicicleta y mis plantas.
El departamento que nos vio nacer como familia, ahora vacío. Emoción.
Mi hijo que durmió en la casa de la abuela y que al despedirse me dijo: ‘Mamá... cuidate’ (y después decimos que los chicos no entienden…)
La despedida. Emoción.
El viaje.
La nueva casa: grande y luminosa.
La llegada del camión con toda nuestra vida a cuestas.
Cajas y más cajas en el living por el que no se podía circular y la historia se repite… cansancio y más cansancio.
Mi hijo jugando libre. Felicidad.
Nueva vida.
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Hace 15 años


