jueves, 2 de agosto de 2007

Sin latidos

Diagnóstico médico especializado: “El embrión que llevas dentro debería tener 12 semanas pero tiene el desarrollo de 7 y no tiene actividad cardíaca.” PAF!! Directo al corazón.

Después... se nubla la vista, se aflojan las piernas y sólo hay ganas de llorar. Y llorar sin importar nada. No hay palabras, no hay vasito de agua ni salita privada que nos devuelva a la vida a mi marido y a mi. Por un momento todo está negro.

Claro que después juega la razón. Uno se aferra a la vida, a la ciencia y a la fe. Y la ciencia dice que la naturaleza es sabia y si el embarazo se interrumpió es porque no era compatible con la vida. Y la fe dice que si Dios esta vez no lo quiso ya nos dará exactamente lo que necesitemos cuando lo necesitemos. Y la vida me dice que tengo un hijo hermoso de 3 años y un maravilloso marido.

Pero saben que dice mi corazón? Que se murió mi bebé. Que esa ilusión y esos planes y ese calendario mental (y hormonal) se estrellaron contra un paredón. Y duele. Duele como la puta madre. Mi corazón dice que llevé a mi bebé sin vida en el vientre por varias semanas. Y por varios días más, después de la triste noticia.

Tengo 41 años, una trompa irremediablemente tapada, unas inmensas ganas de ser mamá otra vez y todas las estadísticas en contra. Ser mamá después de los 35 años es mucho menos probable que a los 27. Y con una trompa obstruida... bueno... será mucho mas difícil. Pero aun así, si lo logras, después de los 40 aumenta las posibilidades de que tu bebé tenga problemas genéticos. Y los estudios para el diagnóstico temprano de esos problemas conllevan riesgos de pérdida de embarazo. Mamás de mas de 40 hay muchas. Pero la medicina y las estadísticas están ahí para recordarme que es difícil. Y amigos y familia está ahí para recordarme que la mujer con su cabeza y su psiquis es la que muchas veces permite o no quedar embarazada. Y mi cabeza da vueltas.

Y mi corazón... mi corazón vuelve a decir... como duele, la puta madre!! Soy mala actriz. Se me nota en la cara el dolor. Es el duelo que debo vivir. Y que quiero respetar. Se que si no paso por este duelo nunca se acabará el dolor. Entonces vuelvo a llorar. Pero también a agradecer. Estoy muy dolida pero también muy agradecida. Agradecida a mi marido que es mi sostén; que sufre como yo, pero igual me sostiene; que lloró como yo, pero es más fuerte. Agradecida a mi médico que me acompañó y me llamó y consiguió el quirófano necesario cuando no se conseguía. Agradecida a Dios y a la vida porque tengo un hijo maravilloso y puedo aferrarme a la idea de que aún con las estadísticas en contra, mi embarazo fue posible.

Sigue doliendo. No lo voy a negar. Es un momento de la vida que tengo que pasar. Y pensar en positivo. “La razón tiene razones que el corazón no entiende” Pero a lo mejor si me mantengo pensando en positivo lo convenzo a mi corazón de que deje de llorar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El corazon siempre deja de llorar. Sobretodo cuando hay amor y hay un matrimonio feliz y hay un hijo.
Muy emotivo tu escrito

 
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